“El sentido del amor”, educación para la paz

“El sentido del amor”, educación para la paz

¿Qué es el amor? preguntó una persona del público a un Gurú que estaba dando una conferencia. “Es la unión o atracción entre dos moléculas”, fue su respuesta; todos se quedaron atónitos. Para los simples mortales, personas sencillas que caminan por la calle, que crían hijos y envejecen, los invito a reflexionar más bien en el “sentido del amor” como una vertiente hacia la paz, en el mundo de estos tiempos.

Si preguntáramos, por ejemplo, imaginariamente al aire, cuál es su sentido de existir o su propósito de vida, nos responderían que el aportar a este magno escenario de la vida, quizás. Si le preguntáramos al sol, a la tierra y al agua, también responderían algo semejante. Su manifestación en la naturaleza es proyectarse hacia algo superior, que está más allá de ellos mismos y que los impele a darse por entero.

Desde un punto de vista humano, el sentido del amor podría ser la felicidad, o bien, ¿será su sentido, entre dos personas que se aman, los hijos que se anhelan? Hijos del amor bendito, que no mide el trabajo por venir, que se transforma en dedicación, renuncia y abnegación. Que, a pesar del arduo trabajo y, a veces, falta de reconocimiento o maltrato, se justifica por sí solo. Que se alegra con sus triunfos, más aún si es superado; que no sabe la técnica depurada para manifestarse, que se expresa a empujones porque no fue a la universidad del amor. Pero está ahí, cuidando, dando la mejor ración; descuidando el sueño propio que se transforma en desvelo; pronto a reconciliarse para que -aquello que nació de esa promesa de amor jurada ante Dios- él esté mejor; pero que a veces debe ser látigo y consolación a la vez. Tanto creció ese amor que, al llegar los tiempos en que ese hijo o hija se aleje, se preguntará: ¿y, a quién voy a amar tan intensamente, que me enseñó ese sorprendente sentimiento de ser padre o madre? O bien, ¿quién lo va a cuidar como yo lo cuidé, quién se va a esmerar como yo me esmeré y, ¿aquién voy a mirar por la ventana, esperando su llegada por las noches? Y lo verá partir, amando después su imagen a la distancia y a esos recuerdos de infancia que se quedaron, que el viento nunca podrá alejar de su mente, porque fue su vida la que se llenó para siempre.

Podríamos recordar el pasaje de la obra “La Hora25” de Constant V. Gheorghiu, cuando describe a aquella mujer que esperaba a su esposo todos los días por las tardes con una tortilla recién hecha, que regresara de la guerra. Ella no podía renunciar a su propósito. Se había acostumbrado a amarlo, era su sentido de vida.

Diferente es aquel “amor” que se satisface en la inmediatez o la simple atracción, tan común como acto estacionario, sin evolución. Entonces, podríamos hacer una diferenciación entre la acción de amar y el sentido del amor; la distinción está en su propósito.

De igual manera, cuando el amor se posa en la ciencia y busca su sentido, éste será el desarrollo humano. Pero, por el contrario, cuando no es así, sus frutos están al servicio de otros intereses o de las pasiones humanas, y ahí surge el deterioro, la violencia y la degradación en las personas, las Naciones y el planeta. Y, en la política, el sentido del amor será el servicio público y no el usufructuar de esos poderes.

Podemos mencionar el sentido del amor en aquellos seres que renuncian a sus mínimas comodidades, a sus lujos propios, o a sus anhelos terrestres para servir a una causa superior a ellos mismos, guiados por ese enigmático impulso del amor. Con ejemplos de esos líderes del amor o de la fe, está sembrada la historia. ¿De qué manera se sintieron afectados por el destino, que los (Nos) impulsa amar al Dios que no se ve, pero que embriaga, que no deja tranquila la mente ni el alma, que le (Nos) impulsa a servir con todo el cuerpo, con toda el alma y con todo el espíritu; que está (estamos) dispuesto a gastar sus (Nuestros) años y dar la vida con alegría, ignorando las indiferencias y los insultos, y ¿que lo (Nos) impele a realizar las cosas más extrañas o difíciles para las cuales nunca pudo estar preparado? Y, sin embargo, lo acompaña una suave alegría, estar contento, a pesar del cansancio y de los huesos viejos. No espera nada a cambio, sigue. Su vida es el camino; su reposo, el amor cumplido.

 

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